turistas

Sobre el turismo de masas y otros coronavirus

Por: Renzo Mejía Wall

He pensado mucho en este tiempo de cuarentena”, me dice mi vecino, Ilja Leonard Pfeijffer, escritor neerlandés radicado en Génova —mi ciudad—, mientras charlamos (sin mascarillas) en una mesita exterior de la Libreria di Piazza delle Erbe, el barcito en donde tenemos ya la costumbre de encontrarnos, y en donde hace exactamente dos años le hice una entrevista a propósito de la traducción al italiano

Dos turistas se bañan en Piazza San Marco

de su novela La Superba. Aquel 21 de septiembre del 2018 hablábamos del fenómeno migratorio —tema central del libro— tanto en Europa como en América Latina. Esta vez hablamos de su nueva novela, Grand Hotel Europa —un ladrillo ochocentista de más de seiscientas páginas que ha vendido casi trescientas mil copias en los Países Bajos, y que será publicado al español este año gracias a la editorial barcelonesa Acantilado (distribuida en el Perú por Heraldos Negros)—; y también, por supuesto, del turismo de masas y del coronavirus, dos temas analógicamente vinculados en este libro.

“El énfasis sobre la importancia de la comunidad es un ingrediente clásico del repertorio retórico de todo dictador”.

         Ilja Leonard Pfeijffer

Portada de la novela Grand Hotel Europa

—¿Es plausible imaginar que quizá un día no muy lejano Venecia desaparezca?”— le pregunto. —“Es más difícil pensar que no desaparecerá…”— me responde Pfeijffer. En 1965, el mítico Charles Aznavour cantaba por primera vez Com’è triste Venezia (traducida al español como Venecia sin ti), una de las canciones más famosas sobre esta ciudad italiana que cada año recibe unos veinticinco millones de turistas (más de veinte veces la cantidad de turistas que llegan al Perú y que luego se trasladan al Cusco para visitar la ciudadela de Machu Picchu). Y la verdad es que, con el pasar de los años, el título de la famosa canción escrita por Françoise Dorin cobra más y más relevancia. Hace algunos días, Il Gazzettino, el diario más importante de Venecia, publicó un artículo titulado “Marea alta, Covid y criminalidad, la triste y larga crisis de Venecia”, con la imagen de dos ancianos caminando por Piazza San Marco con el agua de la laguna casi hasta las caderas. Paradójicamente, este año La Serenissima —como se le conoce en Italia—no ha visto llegar a su puerto los cruceros repletos de hordas de turistas que asaltan la ciudad dispuestos a devorarlo, a desgastarlo y a consumirlo todo. Este año el Covid-19 ha sido la vacuna contra el virus del turismo de masas que la vieja

República de Venecia tanto necesitaba. 


¿Se ha convertido Europa en el parque de diversiones del mundo? Es una de las tantas cuestiones que se desarrollan en Grand Hotel Europa. —“Europa vive un momento histórico en el cual necesita reinventarse”—me dice Pfeijffer mientras lía cigarrillos frente a su copa de caffè shakerato—“la identidad es una cosa que cambia. Protegerla es un error. No es estática. Necesita oxígeno. No hay necesidad de estrangularla…”—continua Pfeijffer. Sin embargo, es exactamente en este punto en donde nace el dilema de la identidad europea y su reivindicación —y renovación —. —“Los tiempos gloriosos, los monumentos históricos… todo ello representa y configura, sin duda alguna, una riqueza cultural. Sin embargo, vivir en la eterna adoración del pasado, adoptar la idea de que los tiempos mejores pertenecen al pasado, es muy tentador. Esta nostalgia, paradójicamente, es una constante en la identidad europea”—. Si analizamos estos esquemas identitarios con una lupa, y en un contexto local, nos damos con la sorpresa de cuán miopes somos todos los latinoamericanos. En más de doscientos años de independencia (en promedio) no hemos podido lograr la cohesión y la solidez de una Unión Europea que cuenta con apenas veintisiete años, veintisiete miembros (El Reino Unido dejará la Unión Europea definitivamente en el 2021) y veinticuatro lenguas oficiales. ¿En qué momento se jodió América Latina?


Ilja Leonard Pfeijffer

—“Tener tanto pasado es casi una condena”, me dice Pfeijffer. ¿La problemática de los países europeos mediterráneos es acaso la misma que sufren los países latinoamericanos? Es una analogía interesante. Los peruanos tenemos una riqueza cultural extraordinaria —como la tiene Italia—. No obstante nuestro pasado imperial, somos incapaces de construir una sociedad moderna, una conciencia civil. ¿Estamos acaso condenados los peruanos a ser mendigos sentados en un banco de oro? La excesiva riqueza cultural puede llegar a ser incómoda, inclusive mentalmente. Quiero pensar, como Basadre, que “el Perú es aún una posibilidad.” Mientras me preparo para la segunda ola de contagios de Covid-19 que está a punto de reventar en Italia, me consuelo masticando uno de los fragmentos de Grand Hotel Europa que más me representa: “Me gustaba pensar que los turistas me envidiasen. Cualquiera que visite una ciudad como esta acaricia el espejismo de venir a vivir aquí. Mientras que para la mayoría esto es solo un sueño que se queda en el cajón, y que por falta de coraje o por obstáculos prácticos no se realizará jamás, por mi parte, ese sueño yo ya lo había realizado. Cuando ellos, luego de algunos días inolvidables, eran obligados a regresar a sus barrios residenciales, yo continuaba a holgazanear elegantemente entre los palacios seculares donde la gente me saludaba como a un amigo. La dolce vita italiana en la que ellos apenas se habían bañado los labios, antes de regresar borrachos de arrepentimiento a las obligaciones y a las dificultades de siempre, era la bañera de champagne en la que yo me relajaba cotidianamente».

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